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Catalán

Memorias de África

Memorias de África

Duékoué (Costa de Marfil), finales de agosto...
Hay días en que el tiempo no acompaña el estado anímico. Hace un sol radiante y mucho calor. Un día de aquellos en que los colores son más vivos y todo coge más relieve, más volumen. Como cada día hemos rezado laudes justo cuando salía el sol. Como cada día estábamos la comunidad de salesianos, la de salesianas y un grupito de laicos cristianos que participan cada mañana en la oración de la comunidad. Como cada día, a la hora del almuerzo,  Jean-Paul, el cocinero, nos pregunta a medida que entramos en el comedor:
- Mon père, combien? (Padre, ¿cuántos?)
- Y todos vamos cantando el número de huevos fritos del desayuno.

Como cada día... pero hoy no es un día como todos los días. Hoy es el último día de mi estancia en Duékoué. Ya han pasado dos meses. Dos meses. Es mi tercera estancia de verano en África, y en definitiva, siempre, la misma sensación. Aquel vacío en el estómago. Parece que me debería haber acostumbrado, pero no. Siempre me ha sido mucho más fácil llegar a África que irse de África. Dios está mucho más cerca aquí. Estoy convencido de que es porque sus hijos lo necesitan más, y porque es verdad aquello de que Él esté más cerca de los pobres y sencillos.

Esta tarde iremos con las dos voluntarias que me acompañan a Abiyán. Mañana el avión y vuelta a Barcelona pasando por Lisboa (acabará siendo pasando por Nouatchot y Zurich...). África no deja de sorprender nunca, incluso cuando la abandonas.

Nos hemos tomado la mañana con tranquilidad. Más tarde iremos a dar una vuelta por el pueblo. Pasaremos por el mercado y aún nos dará tiempo de comprar alguna última "golosina" a los vendedores ambulantes que hay por todos lados: una piña de maíz tostado, unos buñuelos fritos o un helado de baobab o de bissap. La mayoría de los vendedores de estas pequeñas cosas son niños y niñas, ya algunos de ellos los hemos tenido en las actividades de la Misión.

Pero eso será más tarde. Ahora toca preparar la bolsa. No es que tengamos un gran equipaje, pero hay que hacerlo. A los pocos minutos de ponerme me viene a buscar  Père Laurent (Lorenzo Campillo), y me dice que fuera hay alguien que me busca. ¿Quién puede ser? Hoy no hay actividad, y con los animadores haremos la despedida más tarde, por la tarde justo antes de irnos.

Ciertamente, no podía ser otra persona: Dino. En realidad se llama Dieudonné (don de Dios) y realmente no hay nombre en el mundo que le corresponda mejor. Dino tiene unos dieciséis años. Nos hemos hecho muy amigos, este verano. Es de aquellos pocos que nunca me han pedido nada, y que siempre aparecía (y cuando digo siempre, ha sido siempre) cuando tenía que ir a algún poblado que, evidentemente no sabía dónde estaba. El mapa dibujado a lápiz que me dejó el P. Laurent las tres semanas que estuvo fuera no era muy preciso, que digamos. Y allí aparecía él, sin saber cómo, unos minutos antes de partir. Nunca quedábamos, siempre aparecía.
- ¿Dino ... on y va? (Dino, vamos?)
- ¿Oui, mon père (si, padre)
- ¿Mais, tu sais oú? (Pero, ¿sabes dónde?)
- ¿Non, mon père (No)
- Aujourd'hui nous allons a Papadougou. ¿Tu connais? (Hoy vamos a Papadugú. ¿Sabes dónde está?)
- Bien sûr, mon père (¡Claro!)
- Alors, allons y (Pues, vamos)
Y... en marcha. Las charlas por el camino eran muy variadas. Su curiosidad era insaciable. Pero también pude conocer muchas cosas de él. Su padre tiene cuatro mujeres y son una veintena de hermanos. Las posibilidades en su casa son muy escasas. Es uno de los hijos de en medio, de la segunda mujer... no es un buen lugar en el escalafón familiar. Ayuda a la economía familiar limpiando zapatos en la estación de autobuses de Duékoué, como tantos otros chicos. La competencia es dura y... los zapatos son pocos: la mayoría de gente va en chanclas o incluso descalza.

Su sueño es ser maestro. Y para eso hay que estudiar, y hacerlo fuerte. Su padre no quiere que estudie, lo que importa es trabajar, le dice. Pero Dino lo tiene claro. Entrega en casa el dinero de los zapatos, pero tiene otra fuente de financiación para los estudios: fabrica cruces de coco en el taller que puso en marcha Père Sisco (Francesc Ubach). El dinero que gana con las cruces no llegan a casa. Su padre se lo quedaría. Se quedan en la Misión. Los salesianos se los guardan. A él .. y a tantos otros. Es el banco más seguro de Duékoué. Tienen una "libreta de ahorro" donde apuntan escrupulosamente todo lo que ganan. Con ello puede comprar lo que necesita para seguir estudiando.

De vez en cuando paramos la conversación y me da cuenta de algo del camino: un árbol emplomado donde han hecho un sacrificio, un bosque sagrado, aquel grupito de mujeres que hay que dejar subir al coche para ahorrarse las rato de camino, ¡cuidado! un charco de agua que acaba siendo un bache muy difícil de atravesar...
Os podría contar tantas cosas de Dino...

Y allí está él, sentado en los escalones que hay en la entrada de la comunidad, con su cajoncito de limpia-zapatos. Está serio. Me siento a su lado y me coge de la mano. Ahora ya no me incomoda que un joven me coja de la mano. Y estamos un buen rato en silencio. Ahora tampoco me incomoda el silencio. Los dos mirando adelante, casualmente hacia la carretera que tantas veces hemos hecho juntos.

Al cabo de un buen rato me dice (os ahorro ya las traducciones, aunque yo lo sigo escuchando en francés):
- Hoy te vas.
- Si.
(Silencio)
- Somos amigos, ¿no?
- Sí, mucho.
(Silencio)
- Te quiero pedir algo...
No, Dino, tú no. Tú no puedes hacer esto. Lo puedo entender con los niños, con otros animadores, que todos te acaben pidiendo algo... pero tú... Esto era lo que iba pasando por mi cabeza, cuando oigo que me dice:
- Quítate las zapatillas. Te las limpiaré.
Yo llevaba unas bambas que llegaron a África de un blanco casi nuclear, y en ese momento eran de un color rojizo que ya me parecía que era su color original. El polvillo rojo de la tierra se mete por todas partes, y no hay manera de escapar de él: la ropa, el cuerpo... todo. La propuesta del Dino me cogió descolocado.
- Ni hablar, Dino. Tú y yo somos amigos. Tú no eres mi criado. Mis zapatos me los limpio yo. Faltaría más.
Me soltó la mano. Me miró y las lágrimas le caían por la cara. No es nada fácil ver llorar un africano. Yo estaba totalmente desconcertado. Todavía medio indignado por lo que me pedía, entré en la comunidad. En el patio interior me encuentro al P. Laurent y le explico qué ha pasado:
- Tú no has entendido nada, ¿verdad? Llevas dos meses aquí y no has entendido nada.
- ¿Qué quieres Decir? Yo no quiero que Dino se rebaje a limpiarme las Zapatillas. Es mi amigo, no mi Criado. Siempre he intentado que sea así.
- Él es tu amigo, sí, y tú se lo has dicho mil veces. Y hoy te vas. Él Quiere hacerte un regalo de despedida. No tiene dinero para comprarte nada. Lo único que tiene de valor son sus manos, su trabajo... y tú le acabas de decir que eso no es lo suficientemente bueno para ti, que no lo quieres. Parece mentira que hayas entendido tan poco...
En aquellos momentos era a mí a quien le caían las lágrimas. Me quité los zapatos y con la cabeza gacha salí afuera a darle mis bambas a Dino. Él tenía la sonrisa más grande de toda África en la cara... y yo las bambas más blancas de todo aquel continente.

- En aquel momento, Jesús, lleno de alegría por el Espíritu Santo, dijo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mostrado a los sencillos las cosas que ocultaste a los sabios y entendidos. Sí, Padre, porque así lo has querido. (Lc 10, 21)
- El que entre vosotros quiera ser grande, que sirva a los demás; (Mt 20, 26)
- Dichosos los humildes, porque heredarán la tierra que Dios les ha prometido (Mt 5,5)
- Entonces Pedro fue y preguntó a Jesús: –Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano, si me ofende? ¿Hasta siete? (Mt 18, 21)
-“Venid vosotros, los que mi Padre ha bendecido: recibid el reino que se os ha preparado desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me recibisteis, anduve sin ropa y me vestisteis, caí enfermo y me visitasteis, estuve en la cárcel y vinisteis a verme.” (Mt 25, 34-36)

Joan Marqués

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